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Lagos del Furioso
Una hostería creada en 1993 a orillas del Lago Posadas y que había cerrado en 2008 ha sido reinaugurada. Los responsables de esta reapertura se lanzaron a la aventura en plena pandemia y este verano van por más.
“Están locos”, le dijo la madre a Gregorio Cramer cuando él le anunció que pensaba reabrir la hostería que ella y su marido habían instalado en 1993 en el estrecho istmo que separa los lagos Pueyrredón y Posadas, en una zona remota de la provincia de Santa Cruz.
Jorge Cramer y Ana Bas vivían en Buenos Aires y viajaban explorando la Patagonia siguiendo en parte los pasos de Bruce Chatwin y su libro Patagonia, y los diarios de Alberto de Agostini −un cura multifacético que fue el primero en hacer cumbre en el Monte San Lorenzo−, cuando llegaron a los lagos. Era un día perfecto, en que se distinguía el contraste de los dos colores que tienen ambos espejos de agua, vieron una chacra de unas 200 hectáreas y la compraron para abrir en este rincón virgen Lagos del Furioso. “De manera un tanto inconsciente terminaron armando una hostería”, cuenta Gregorio.

La construcción fue contra reloj, durante un año de nevadas excepcionales, con un equipo de carpinteros chilenos y los dueños de una maderera de Chubut que terminaron siendo muy amigos. “Fueron meses durmiendo en galpones, y una sensación de euforia por la aventura que comenzaba”, continúa.

En las quince temporadas que estuvo abierto, los Cramer alternaban seis meses en el lugar con algún viaje de descanso y mucho tiempo de preparativos contra-temporada.

Gregorio, que hoy tiene 50 años, recuerda que en sus veranos de estudiante, viajaba al sur para ayudar un tiempo en la hostería y estar con sus padres en la casa familiar que tenían en el mismo predio. “Pero lo que más recuerdo fueron las reuniones de fin de temporada: para promover el turismo, mi viejo junto a otros dueños de estancias armó una asociación que se llamó Estancias de Santa Cruz (algunos eran de Chubut y de Tierra del Fuego), que llegó a tener 40 miembros en una suerte de cooperativa, y tomaban reservas y articulaban viajes a través de una oficina en Buenos Aires”, dice. Jorge, que falleció en 2011, fue un gran impulsor de esa red. “Al final de la temporada se hacían grandes reuniones donde se compartían experiencias, recursos y sobre todo, comidas. Fue una época súper interesante, con gente muy diversa que abría su vida al resto”, expresa. Con los años, la asociación se desarmó y la mayor parte de esas estancias ya no está, y “es notorio cómo hoy hay mucha menos oferta de alojamiento rural que hace 20 años”, dice Gregorio.

Cuando en 2008 sintieron que un ciclo se había cumplido, Jorge y Ana se plantearon un año sabático que se prolongó hasta convertirse en un cierre definitivo. “En esa época, el supermercado más próximo estaba a 650 km, y el reaprovisionamiento era mucho más complicado y desgastante. Hoy tenemos proveedores locales que nos acercan sus productos hasta la puerta, las comunicaciones son más fáciles, todo es más amigable”, reflexiona el hijo. Si hasta hay una nueva ruta, la RP 41 Sur, que ha abierto nuevas vías de acceso y comunica con el PN Perito Moreno.
Con la hostería cerrada, la casa familiar se convirtió en una suerte de casa de fin de semana un tanto alejada a la que nunca dejaron de ir. Un lugar de encuentro que convocaba a la familia y con el que Gregorio, su mujer e hijas sienten una conexión especial.

Como sus padres 28 años antes, lo suyo también fue un tanto impulsivo. “Todo es culpa de Alejandro, mi socio”, ríe Gregorio. Parece que después de compartir ambas familias un par de estadías con las hijas de ambos jugando por todo el hotel, Alejandro Azpiazu, despojado de toda la carga emocional que tiene el lugar para la familia Cramer, incitó a su amigo de toda la vida a reabrir y lanzarse a una aventura compartida. “De la misma manera impulsiva que mis viejos, nos embarcamos en el proyecto”, asegura Gregorio.

Alejandro Azpiazu, fue Director de Marketing de Reef y se pasó casi dos décadas viajando por las playas de todo el mundo. A él lo mueve mucho el trato con la gente, hacer sentir bien a los huéspedes, es un instigador de la armonía y el balance, y tiene mucho sentido práctico. Gregorio es director de cine, y ha hecho en los últimos 20 años comerciales de todo tipo. Entre los dos tienen mucha experiencia en desarrollo de proyectos, trabajo en equipo y sobre todo, en cuidado de la imagen, e intentan volcar todo eso en Lagos del Furioso. Siguiendo la línea original de atención personalizada que fue el sello de Ana y Jorge, se proponen tomar a cada huésped como único e intentan ajustarse a lo que éste busca para que conozcan mejor este rincón del país con un enorme potencial.

El último 28 de diciembre de 2020, diez meses después de intenso trabajo sucedió lo esperado y Lagos del Furioso volvió a funcionar. La construcción con reminiscencia de estancia patagónica presenta paredes exteriores blancas y techo acanalado rojo, y entre montes de álamos y sauces se encuentran escondidas las nueve habitaciones.
Un buen plan después de un día explorando los alrededores es disfrutar un rato de relax en el living con una buena lectura de la biblioteca de especialidad patagónica, antes de pasar a degustar los platos gourmet que salen de la cocina que lidera Willy Muscardit, como unos ricos langostinos fueguinos al curry, cordero al malbec con cake de papas y hongos al curry, o un consistente risotto de remolacha o tomate. El chef utiliza materia prima local y de temporada, y la carta de vinos tiene un acento en vinos patagónicos, de bodegas del sur del Río Colorado. Un gazebo mirador bien alto es el lugar perfecto que permite una vista abierta hacia ambos lagos, sitio privilegiado al atardecer en medio de la lengua de tierra.

Fuente: La Nación (Por Constanza Gechter)
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